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  • Foto del escritorPaz Solís Durigo

Poner el corazón al ritmo de la tierra

Actualizado: 22 abr

En el día de los pueblos indígenas, Paz Solís Durigo propone una lectura de Futuro ancestral, el último libro de una de las figuras más destacadas del movimiento indígena de Brasil, Aílton Krenak. En este libro, el filósofo no sólo denuncia los abusos del mundo capitalista, también nos dice que no debemos acotarnos a las narrativas únicas, que otros mundos más amorosos son posibles.





En un contexto de crisis extrema a nivel planetario, Futuro ancestral (2024) denuncia y propone. Es necesario ampliar nuestras lecturas, ajustar nuestros oídos a nuevas voces. Aílton Krenak nos invita a escuchar. Una escucha profunda de los ríos. Porque ellos ya estaban aquí, nos explica. Si realmente intentamos hacerlo, podemos entender su mensaje en su habla, en su canto constante:


“Los ríos, esos seres que siempre habitaron los mundos en diferentes formas, son quienes me sugieren que, si hay un futuro a pensar, ese futuro es ancestral”.


Así comienza este libro publicado por primera vez en Brasil por Companhia das Letras en 2022, y este año traducido al español y editado en Argentina por Taurus. Eterna Cadencia y Prometeo libros ya nos habían permitido leer las conferencias de Aílton Krenak en español recopiladas en La vida no es útil (2020) y en Ideas para postergar el fin del mundo (2021).


Esto es sumamente importante. Aílton Krenak es hoy una de las figuras más destacadas del movimiento indígena de Brasil, reconocido a nivel internacional. Un camino que comienza en 1987 frente a la Asamblea Nacional Constituyente de Brasil con un discurso que conmueve a toda la sociedad, y que continúa hasta el día de hoy recorriendo y uniendo en su lucha a los distintos pueblos de su país, y viajando por el mundo con su mensaje. El año pasado estuvo en Argentina, en el CCK, junto a Natalia Brizuela y Gabriela Cabezón Cámara en una charla que se tituló: “Despertar del coma colonial”.


Krenak: líder espiritual, filósofo, ambientalista. Krenak nos quiere cuerpos-territorios, transfigurados: en tránsito entre nuestros cuerpos y el de otros seres, entre el de ellos y nosotros (plantas, animales, personas). Que los diversos mundos se afecten, que podamos comprender que no estamos solos, que somos un sujeto colectivo.


Si oímos, nos dice, podemos volver a conjugar un nosotros con los ríos, nuestros parientes: un “nosotros-río”, un “nosotros-montaña”, un “nosotros-tierra”. Porque, como dijera en otros de sus textos, la separación de la cultura y de la naturaleza es un invento moderno-colonial: “la naturaleza es una invención de la ‘cultura’ (…) ¡Y eso tenía un sentido utilitario enorme! ‘Yo me separo de la naturaleza y ahora puedo dominarla’”. Escuchar, sentir, oler, inspirar, expirar intensamente aquellas capas que quedaron fuera de nosotros como naturaleza, de eso se trata. Así podemos escapar a la matriz colonial.


Krenak elige como protagonista de sus conferencias, y de este libro también, a su río-abuelo, el de su comunidad: el río Watu (“al que los blancos llaman río Doce”, “Dulce” en español).


Futuro ancestral comienza con un “Saludo a los ríos”, sus parientes hoy enfermos. En Ideas para postergar el fin del mundo, Krenak cuenta que en 2015 se produce la rotura de la represa de Fundaõ, de la minera Samarco, controlada por las multinacionales Vale y BHP Billiton. Lo cual implica que 45 millones de metros cúbicos de desechos de la explotación minera de hierro sean arrojados al medioambiente, en Minas Gerais, sobre el río Watu. Y esto significa efectos negativos en la vida de las personas (incluyendo a las aldeas krenak), en el territorio que los constituye y que permite llevar adelante la vida de acuerdo a su espiritualidad, a su Buen vivir. Este abuso es denunciado en Futuro ancestral:


“Estos ríos que ahora invoco están siendo mutilados: el cuerpo de todos y cada uno de ellos ha sido deformado por algún daño, ya sea por el garimpo, por la minería o por la apropiación indebida del paisaje”


Pero, como sostuve antes, este libro no sólo denuncia. También propone.


En defensa de los ríos, contra el colapso afectivo de las relaciones, contra la destrucción de todo lo que nos ofrece la vida en la Tierra, contra el pensamiento colonial que cree que los cuerpos existen para ser explotados, contra la ocupación de los territorios indígenas, sus desplazamientos forzados (y su empobrecimiento), contra el agronegocio, contra el extractivismo, contra esta dominación impuesta sobre la naturaleza, contra la crisis ambiental, hay que volver a pensar todo de nuevo: “despertar del coma colonial”.


Es decir, del proyecto moderno-occidental que es dicotómico, que separa a los humanos en “casta” y en “sub-humanos” (índigenas, negros), a humanos de no humanos, a humanos de naturaleza, a la naturaleza de la cultura. La idea de humanidad, para él, es una ilusión que encubre el “progreso”, el consumismo, el individualismo, el capitalismo que se apodera de nuestra existencia. Un capitalismo que tiene como escenario privilegiado la ciudad occidental, la arquitectura moderna que pone (y reafirma después de la pandemia) una muralla “que nació para proteger a algunos humanos (y que) ahora sirve para aislar a la selva”.


En contraposición a un urbanismo industrial (capitalista), que impone su pensamiento, que no permite la vida colectiva, que llena todo de cemento, que deja sin respiración a los ríos, propone reforestar nuestro imaginario: un urbanismo natural que devuelva la potencia de la vida. Transformar las ciudades por dentro, una especie de ciudad-jardín, un modo florestanía (el de las comunidades) que nos permita estudiar la gramática de las plantas: “la vida es salvaje y también eclosiona en las ciudades”, afirma Krenak.



Y es que el filósofo piensa en plural, en matrices culturales amplias: humanidades, mundos posibles, narrativas plurales, diferentes narrativas de fundación, cartografías afectivas, capas de mundos. Y todo esto en diálogo: centros del mundo que conviven, confluencias, estados plurinacionales (no coloniales), pluriversos, mundos diversos que pueden afectarse, alianzas afectivas entre mundos no iguales. En otras palabras, nunca un solo mundo: el capitalista. En este sentido, afirma y vuelve a afirmar que para escapar de la crisis ambiental es necesario abrir las matrices culturales a los pueblos indígenas, trabajar en conjunto.


Escuchar la voz de nuestros pueblos, de nuestros ríos, de nuestros árboles, de nuestras plantas, de Aílton Krenak como mediador es sumamente importante en un mundo que tiende hacia la violencia, que crea representantes políticos que, en favor del libre mercado y de las economías libertarias, niegan el cambio climático, y hasta alientan la privatización de los ríos, estos seres que nos dan vida: “¿Vamos a matar a todos los ríos?”, se pregunta Krenak. Esto hacen nuestras economías al mismo tiempo que necesitan de ellos para “su progreso y desarrollo”. Fíjense si estas palabras no resuenan acaso en los relatos que produce el nuevo oficialismo de nuestro país: “Alguien podría decir: ‘Entonces, si el agua nunca disminuye… ¿qué problema hay?”. Para este discurso libertario Krenak tiene una respuesta:


“Cuando transformamos el agua en aguas servidas ella entra en coma, y puede llevar mucho tiempo para que vuelva a estar viva. Lo que nosotros estamos haciendo al ensuciar las aguas que existen desde hace dos billones de años es acabar con nuestra propia existencia”.


Sus palabras nos sirven para entender que esto no es algo pasajero, de un período de 4 años. Estos políticos están terminando “con nuestra propia existencia”. En esta línea y en consonancia con Mark Fisher, Krenak llega a decir que: “a la gente le parece más fácil acabar con el mundo que acabar con el capitalismo”.


Frente al desencantamiento de un mundo en crisis a nivel planetario (económica, ambiental, de los Estados, del concepto mismo de futuro), Krenak nos ofrece un espacio para volver a maravillarnos, para compartir sensorialmente.


Su filosofía nos propone un reencantamiento. Vuelve a unir los opuestos occidentales: ciencia y mito, naturaleza y cultura, humanos y no humanos, humanos y naturaleza. Y esto no solo lo encontramos en sus palabras, sino también, en todo el movimiento de escritores indígenas de Brasil (y de toda América), militantes de su lucha, que comienzan a incorporarse al mercado editorial desde los años 90’ (incluso antes): Eliane Potiguara, Márcia Wayna Kambeba, Olívio Jekupe, Davi Kopenawa Yanomami, Daniel Mundukuru, Trudruá Dorrico, entre otros y otras. Aquí un pequeño fragmento de un poema de Márcia Wayna Kambeba que permite ejemplificar:


“En el territorio indígena, / (…) Silenciarse es necesario, / Para escuchar con el corazón, / La voz de la naturaleza, / El llanto de nuestro suelo, / El canto de la Madre del agua / Que en la danza con el viento, / Pide que se la respete / Porque es fuente de sustento”

("Silêncio Guerreiro" en Ay kakyri tama. Eu moro na cidade)





Para conseguir alianzas afectivas entre mundos diversos, Krenak pone como centro a la educación. Una educación que, a diferencia del pensamiento occidental, el filósofo no vincula al futuro, porque el futuro no es más que una imaginación, un relato de lo que aún no es. El filósofo piensa a la educación en el aquí y ahora, en todo lo que nos rodea. Y esto es necesario porque hoy vivimos asediados de futuros prospectivos (provocados por el capitalismo) que nos deprimen y aceleran nuestras vidas, y también la de la Tierra. Como sostiene Krenak:


“Nosotros no podemos rendirnos a una narrativa del fin del mundo que nos aterra y ensombrece, porque esa narrativa sólo sirve para hacernos desistir de nuestros sueños”.


La educación formal occidental utiliza recursos pedagógicos para moldear a las personas para que puedan ser en un único mundo (el capitalista), los formatea para la competencia y el liderazgo, y produce niños y niñas tristes y excluídos de ese sistema, sostiene. A favor de las alianzas afectivas, el filósofo propone que son posibles otros mundos. En contraposición a esta educación él llama a “la invocación a la ancestralidad (que) es educativa”.


Propone pensar la sociabilidad más allá de los seres humanos. La educación formal (en edificios de cuatro paredes) es núcleo de la crisis ambiental que sufrimos hoy: el capitalismo suprimió nuestra comunión con el viento, con las hojas, con el agua. En las narrativas del mundo donde solo actúa lo humano, ese centro silencia todas las otras existencias: debemos incluir a los animales, las plantas, los insectos. Educarnos en conexión con la naturaleza nos permite entender que formamos parte de ella, sentir la vida en otros seres, valorar la vida (las vidas) como un don, la colaboración (no la competencia): una práctica colectiva.


Este método educativo puede permitirnos dejar el individualismo, escuchar, sentir la presencia de todo lo que nos rodea: curarnos del “cancer” del capitalismo. Esto es, educarnos en el Buen vivir, que “los niños y las niñas (puedan) vincularse con esos bellos pensamientos de una manera creativa y positiva (para ser) los portadores de la ancestralidad aquí en la Tierra”. Son los niños y las niñas quienes podrán imaginar mundos más amorosos y diversos. Solo así, podremos poner el corazón al ritmo de la tierra:


“Vamos a escuchar la voz de los ríos, porque los ríos hablan. Seamos agua, en materia y en espíritu, en nuestro movimiento y nuestra capacidad de cambiar de rumbo, pues de lo contrario estaremos perdidos”.




 

PAZ SOLÍS DURIGO

Es Licenciada y profesora en Letras, y maestranda en Estudios Literarios Latinoamericanos.

El amor a las palabras de sus abuelos del litoral argentino la impulsó a aprender su lengua: el guaraní. Hoy, se dedica al estudio de la poesía en este idioma.

Se crió con el sonido de su padre misionero en Buenos Aires saludando a todo correntino, misionero o paraguayo que se cruzara: "mba'e la porte, chamigo". Pero su frase favorita era cuando él le avisaba que "en un sapy'aite" ya estaba la comida, y era mandioca, chipa o reviro.

Su verdadera pasión es la música. Compone canciones y publicó su libro de poemas en guaraní y en español Contra todos los males. También co-fundó y co-produjo los ciclos de literatura expandida Bajo el cielo la llama y Caña con ruda.



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