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E-scrittura distante · Mombyrygua jehaipy

Foto del escritor: Cristian Valenzuela (Xtian Valenzuela)
Cristian Valenzuela (Xtian Valenzuela)
hace 1 hora
6 min de lectura

De la lectura distante de Franco Moretti a las escrituras atravesadas por la inteligencia artificial, este ensayo recorre las voces que nos habitan y las palabras que llegan de otra parte. Entre Blanchot, Daniel Link, Wilcock y un hallazgo en las páginas de la revista Contorna, Cristian Valenzuela (Xtian Valenzuela) recupera una controversia surgida durante unas jornadas universitarias sobre la enseñanza del italiano y el lugar de otras lenguas, como el guaraní, en la academia. ¿Quién habla cuando hablamos? ¿Y qué lenguas tienen derecho a ser escuchadas?




Franco Moretti propuso una forma de leer que consiste, paradójicamente, en alejarse de aquello que se lee. La lectura distante supone modificar la escala, renunciar por un momento a la proximidad del texto singular para reconocer regularidades, distribuciones, formas que solo aparecen cuando dejamos de mirar de cerca. Un procedimiento que, lejos de abandonar la literatura, modifica las condiciones de su observación.


Enseño italiano a distancia. No es la distancia de Moretti, aunque algo de su propuesta me invita a repensar la mía. En una clase virtual, las voces llegan de otra parte. A veces precedidas por un nombre escrito en una pantalla, otras veces acompañadas por una fotografía, un gesto entrecortado, una imagen que se congela. Alguien busca una palabra y no la encuentra. Otra persona se la ofrece. La repite. Continúa hablando.


Come si dice?


Se trata de una pregunta muy frecuente en las clases de lenguas extranjeras. Quien aprende desea decir algo para lo que todavía no dispone de palabras. El deseo parece preceder a la posibilidad de su enunciación. Ensaya una expresión, la interrumpe, busca otra. A veces le ofrezco una posibilidad. Otras veces llega desde alguna de las voces que participan de la conversación. La palabra se pronuncia, se repite, se modifica. La conversación continúa.


Hay una experiencia de extrañamiento en el aprendizaje de una lengua extranjera. Las palabras no nos pertenecen, aunque tampoco nos pertenecían enteramente aquellas que aprendimos primero. ¿De quién es la lengua? Repetimos fórmulas, incorporamos expresiones, adoptamos entonaciones que escuchamos en otras voces. Aprender una lengua puede implicar reconocer algo de la exterioridad que habita en toda palabra.


Maurice Blanchot nos aproxima a otra forma de palabra cuya procedencia resulta inquietante: el habla profética. En el antiguo santuario griego de Dodona, las palabras del oráculo podían provenir de un roble, una mediación entre el ser humano y la divinidad. También las piedras podían hacer resonar aquel hablar lejano. Se trata de una disposición a escuchar una verdad sin exigirle necesariamente una procedencia humana. La palabra profética, como la palabra escrita, no encuentra ni su garantía ni su autoridad en una persona capaz de responder por su autoría.


Blanchot reconoce en esa palabra un habla impersonal, eolia, semejante al murmullo de un árbol agitado por el viento. La voz no pertenece enteramente a quien la pronuncia.


La palabra llega de otra parte. ¿De quién? 


La cuestión adquiere resonancias particulares cuando nos encontramos con producciones realizadas mediante inteligencia artificial generativa. La e-scrittura distante. 


¿Dónde situar a aquello que se enuncia? ¿Qué responsabilidad cabe atribuir a una voz que no se presenta como expresión de una interioridad humana? ¿Debemos buscar necesariamente un sujeto detrás de cada signo?


La desubjetivación no me parece, por sí misma, una pérdida. La experiencia literaria ofrece innumerables posibilidades de una escritura que se aparta de la soberanía del yo. Incluso la escritura automática de las vanguardias había intentado sustraer la palabra al control de una conciencia que pretendiera dominarla. 


Como señala el Manifiesto Lechiguano, hay algo casi oracular en ciertos intercambios con sistemas generativos. Se formula una pregunta y una respuesta aparece. Su procedencia es reconocible en términos técnicos, aunque no pueda remitirse a una conciencia que haya querido decir aquello que leemos. A veces ofrece una expresión que no habíamos encontrado. Otras veces produce una formulación desconcertante, una asociación inesperada, una palabra que permite seguir pensando.


La ficción audiovisual también ha comenzado a explorar las particularidades de esas voces venidas de un tecnológico y enigmático más allá. En Common People, primer episodio de la séptima temporada de Black Mirror, Amanda es una docente cuya supervivencia depende de un dispositivo tecnológico que interviene sobre su actividad cerebral. El servicio, comercializado mediante un sistema de suscripción, incorpora anuncios publicitarios que irrumpen involuntariamente en su habla.


En una escena, Amanda está enseñando cuando su voz se interrumpe para pronunciar un mensaje comercial. Sus estudiantes escuchan palabras que ella misma no recuerda haber dicho. La escena resulta perturbadora porque no asistimos simplemente a la reproducción de una grabación. La voz de Amanda continúa siendo reconocible. Su cuerpo permanece ahí, delante del grupo. Pero algo de la procedencia de sus palabras ha cambiado. Otra instancia habla a través de ella. 


(Me viene a la mente ahora mismo la voz de un psicoanalista que distinguía entre hablar y ser hablado).


La interrupción desordena el encuentro pedagógico. Una voz que hasta entonces respondía a una situación de enseñanza comienza a responder a una programación comercial. El problema no es en este episodio la ausencia de un sujeto originario, sino la captura económica de una voz. La palabra que viene de otra parte tiene un precio.


Vuelvo entonces a la enseñanza del italiano. En los encuentros tecnomediados, las palabras circulan entre personas y dispositivos. Las plataformas organizan ciertas posibilidades de presencia, los traductores ofrecen expresiones, los sistemas generativos producen textos y conversaciones. La extranjería de la lengua se encuentra con nuevas formas de exterioridad tecnológica. 


Hace unos días asistí a unas jornadas universitarias. Durante una presentación sobre políticas lingüísticas se proyectó un mapa interactivo de Argentina con un panorama de la distribución geográfica de las competencias lingüísticas de una población encuestada.


Más tarde, Daniel Link habló sobre el trabajo de su equipo en docencia, investigación y extensión universitaria desde el campo de la literatura. Llevaba una camisa estampada. Detrás suyo recuerdo la proyección de una fotografía: una ronda de personas sentadas en sillas de plástico, reunidas en un Club de Lectura en una biblioteca popular Ciudad Jardín.


El mapa y la foto nos aportaban dos modos de imaginar los territorios.

Durante su exposición, Daniel Link buscó varias veces una palabra que parecía habérsele olvidado. Interrumpía su discurso y miraba hacia las personas de su equipo. Alguien se la devolvía. Link la pronunciaba y continuaba hablando. 


Me fascinó aquella operación tanto como la presentación y su camisa.


Una voz venía de otra parte. La palabra no encontrada por un hablante llegaba desde un costado. Su enunciación requería la presencia de otras personas. Alguna vez alguien me dijo que toda memoria es colectiva.


Después se produjo una controversia.


Se discutía la posibilidad de abrir una cátedra de italiano en la carrera de Letras de la universidad. Me sentí implicado. El requisito institucional de que se inscribieran quince estudiantes parecía condicionar su apertura y la contratación docente. La discusión se intensificó. Alguien mencionó el guaraní. Si resultaba difícil abrir una cátedra de italiano con esta condición, ¿qué ocurriría con otras lenguas?


No recuerdo la palabra que Daniel Link no recordaba.


La pregunta por la procedencia de las palabras había adquirido una dimensión institucional. ¿Cuántas personas deben desear aprender una lengua para que una universidad haga posible su enseñanza? Por un momento pensé en intervenir. Me quedé en silencio. Detrás de la discusión permanecía aquella fotografía de la biblioteca popular. 


Al terminar las jornadas había comprado una revista que permaneció unos días entre mis papeles. Cuando finalmente la abrí, encontré un ensayo de Ignacio Repetto titulado Escritura distante. Comenzaba con Moretti. También aparecía Wilcock, aquel escritor argentino que había elegido el italiano como lengua literaria.


El italiano es una lengua venida de otra parte.


Hacia el final, Repetto contaba algo que había observado entre sus estudiantes: ciertos rasgos asociados con los modelos generativos parecían haberse incorporado a sus maneras de escribir, aun sin utilizar esos dispositivos. La máquina podía retirarse y dejar una huella en el oído.


La revista se llamaba Contorna. La había comprado aquella tarde en la Universidad Nacional de Tres de Febrero.


Daniel Link llevaba una camisa estampada.


Yo también.


Y me quedé pensando en las lenguas que no encuentran lugar para ser enseñadas en la carrera de Letras. Desolador…



Cristian Valenzuela (Xtian Valenzuela)
Cristian Valenzuela (Xtian Valenzuela)

Nació en Buenos Aires en 1988 y vive en La Matanza desde 2004. Es Psicopedagogo, egresado del IES N.º 1 «Dra. Alicia Moreau de Justo», donde también ejerce la docencia. Estudió Filosofía en la UBA, donde actualmente es profesor adjunto de seminarios de Prácticas Socioeducativas Territorializadas. Es Magíster en Enseñanza en Escenarios Digitales (UNLPAM) y Especialista en Educación y Nuevas Tecnologías (FLACSO). Es referente y docente de italiano en UNTREF LINGUA y enseña esa lengua en el Programa de Lenguas de la UNSAM. Sus intereses transitan entre la filosofía, las lenguas, la educación y las tecnologías contemporáneas. Le interesan las palabras, los cuerpos y las escenas que se producen cuando alguien intenta enseñar o aprender.



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