Radio: entre fantasmas y artesanos de la palabra
- Daniel Ballester

- hace 45 minutos
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En el marco del Día de la Radio, Daniel Ballester repasa y reflexiona acerca de su vínculo con este oficio que es mucho más profundo que un medio de comunicación.
Llegó el 27 de agosto, el Día de la Radiodifusión Argentina, y la revista La Lechiguana me pidió que escriba algo sobre la radio. No sé si podré estar a la altura de la fecha, pero voy a intentarlo con lo que sé, con lo que he vivido y con lo que la radio me ha dado.
Comencé a hacer radio a finales de los 80. Fue en FM Alfa, una de esas emisoras que nacían en los bordes de la legalidad y se instalaban en la frecuencia modulada como si el aire fuera un territorio libre. Después vinieron Radioactiva, Rock & Pop, Radio Nacional, FM Plur y, desde hace veinte años, AM 530, la Radio de las Madres de Plaza de Mayo. Ahí sigo, como productor, editor y conductor de mis propios programas. Veinte años en la misma frecuencia, que es como decir veinte años en la misma trinchera.
La radio, para mí, no es un medio de comunicación. Es un oficio de fantasmas. Uno pone la voz y la palabra viaja sola, sin cuerpo, sin rostro, como un espía que entra en las casas y se queda ahí, en el fondo de la cocina, en el auto, en la pieza de un enfermo. Esa invisibilidad es su condena y su milagro.
Mi historia con la radio está hecha de tres momentos que se me quedaron grabados para siempre. El primero fue en 1970, cuando Wilmar Caballero me invitó a sentarme en su mesa de Alternativa, en Radio Antártida, donde se discutía sobre los viajes a la luna. En un momento, me miró y me preguntó: "Vos, ¿qué opinás, pibe?". El segundo fue en 1978, con Hugo Guerrero Marthineitz en el Auditorio Kraft de la calle Florida, durante un programa de Reencuentro. Eran los días del conflicto con Chile; yo era desertor y estaba clandestino en el país. El tercero llegó en 1984, en los estudios de Maipú 555, cuando aparecí de improviso en Haciendo Camino, el programa de Carlos Rodari y Julia Bowland en Mitre.
Precisamente, en septiembre del 2000, el periodista Gustavo Masutti Llach, de la revista Ahora (perteneciente al diario Crónica), le preguntó a Rodari: "¿Hay un componente fascista creciente en los llamados de los oyentes de las radios?". Su respuesta fue contundente:
Carlos Rodari: – Sí, pero hay que tener en cuenta que tengo información de que hay gente a la que se le paga por ser oyente de radio y llamar con un discurso armado. Aunque algún mensaje es genuino.
Masutti Llach: – ¿Quién los paga?
Rodari: – A veces las mismas emisoras. Se dice que también la SIDE u organismos oficiales. Esto crea corrientes de opinión. Fijate algo: llama la atención que los mensajes de los oyentes siempre son redonditos, al punto que parecen guionados, siempre relacionados con lo que se hablaba. Yo pude comprobar que la gente que se comunica casi nunca hace referencia a lo que acabás de decir.
Masutti Llach: – ¿Usted sufre esto?
Rodari: – Mis oyentes tienen ideas parecidas a las mías. Detectaría fácilmente una campaña o un fascista.
Masutti Llach: – Cambiando de tema. ¿Es cierto que Aníbal Troilo le pegó una bofetada?
Rodari: – Sí. A principios de los '60 yo estaba en Splendid y era el único difusor de Piazzolla. Estaba en un canal, apareció Troilo en muy mal estado. Yo estaba con Antonio Carrizo y Osvaldo Ardizzone. Él preguntó: "¿Quién es Rodari?". Me identifiqué y me dio un bife. Me puse loco, lo quería matar. Fue muy triste porque no tenía control psicofísico de sus actos. Más allá de que nadie lo va a discutir como músico. Eso fue algo amargo e injusto y que no tuvimos forma de repararlo.
Masutti Llach: – ¿Se arrepiente de algo?
Rodari: – Mi vida y mi carrera están en los finales y lo único que lamento es no haber sido lo suficientemente piola como para acumular ahorros que me permitieran tener un futuro no holgado, pero sí seguro.
Tal vez Carlos Rodari sea la síntesis de lo que significa hacer radio para mí. Incluso por las bofetadas de próceres y las operaciones mediáticas. Una ética de la soledad, un concepto de la palabra dicha y la pobreza como recompensa económica.
Pero también Blackie, Carrizo, la Negra Vernacci y Oscar del Priore reflejan esa extraña paradoja popular que significa la radio.
Hoy, a pesar de la tecnología, de la masividad y de los audífonos con los que los jóvenes escuchan pódcast, la radio sigue siendo de todos los medios de comunicación la más artesanal. Es un oficio de artesanos de la palabra, hecha a mano, sin red, en vivo. Se hace con la voz, con el oído, con la memoria y con el cuerpo. Y en esa artesanía, en esa fragilidad, reside su inmortalidad. Porque mientras haya alguien dispuesto a hablarle a la oscuridad, y otro dispuesto a escucharla desde una cocina, un auto o una pieza de hospital, la radio no va a morir. Va a seguir siendo esa trinchera donde los fantasmas se hacen pólvora y palabra.

En 1977 desertó del ejército y se fue a Brasil, donde vivió hasta 1990. Allí publicó Nada tan pesado como el mar por la Editora Noa Noa, poemas ilustrados por Sergio Bonson y Nalpas, un trabajo sobre Antonín Artaud, con monotipia de Jayro Schmidt. Y, en Buenos Aires, El otro mar (2015) por Ediciones Ciccus. Desde el 2006, trabaja para la radio de las Madres de Plaza de Mayo (AM 530), donde actualmente produce y conduce El sonido y la furia, los domingos y lunes de 01 a 04 hs.




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