Sergio Gramajo: "No escribo para darle belleza a los personajes, sino para nombrarla"
- Lean Alba
- 24 may
- 6 min de lectura
Actualizado: 26 may
En tiempos donde todos contra todos, diría Fito Páez, Gramajo presenta Los Malqueridos (Ed. La Máquina Eterna) y con su flamante novela vuelve a ubicar el margen en el centro. “Escribir, en mi caso, es buscar lo bello. Es hacer deseable a un personaje determinado que, por ejemplo, toda su vida fue detestado. Que pueda recibir amor…”, cuenta sobre su literatura en esta entrevista con Lean Alba.

Pese a haber nacido en 1980, en la figura de Gramajo se congregan muchas vidas e
innumerables trabajos. Sin lugar a dudas, podría ser un personaje escrito por él mismo (por las dudas no hemos incluido preguntas que busquen confirmar esta hipótesis dentro de este cuestionario).
Nació en la localidad de Gregorio de Laferrere, municipio de La Matanza, en el Oeste de la provincia de Buenos Aires. Es escritor, actor, narrador y profesor de Literatura.
Algunos de sus cuentos y poemas han sido publicados en las revistas Sintopía, La Lechiguana, Hyspamérica y otros medios impresos y digitales. Escribió el poemario El oficio de los monstruos (2019) y las plaquetas Veredas (2020) y Tiempo Marginal (2022). Con La Máquina Eterna también publicó la novela Talón rajado (2021, reeditada en 2025 y el poemario Si fuera niño escribiría poesía (2025).
En un contexto más que difícil para el arte en general, en el que las necesidades se agudizan y mientras los espacios para motorizar la circulación cultural se cierran, Gramajo apuesta por el encuentro y el territorio. Junto a Gilda Olle (autora de Cielo de Caballos) y otros, fundó el colectivo “Te Caigo en Cuero, el coso literario del oeste”. Y, junto a otros escritores del taller de Leonardo Oyola, es miembro fundador del ciclo literario Que Vuelvan los Lentos.

Por estos días, el escritor de Lafe se prepara para lo que será la presentación de Los Malqueridos, su última novela, editada por La Máquina Eterna, con prólogo de Santiago Craig e ilustración de portada de Lauri Fernández. En la contratapa, Bruno Dotta escribe:
“En Laferrere no hay épica: hay barrio. De sus veredas surgen historias de prostitutas que levantan su propio reino, de pibes que juegan partidos de fútbol como si fueran batallas, de boliches donde el deseo y la perdición bailan juntos. Ahí, entre cervezas y estribillos ricoteros, crecen Falopa y el Bizquito, dos pibes que se encuentran en la intemperie del mundo y hacen de la amistad una forma de sobrevivir”.
La actividad tendrá lugar el viernes 5 de junio a las 19 horas y será en el Teatro El Espión, Sarandí 766, CABA. Allí llegarán para acompañarlo Leo Oyola, Sebastián Pandolfelli y Bruno Dotta. Además, habrá lecturas de Ale Di Ricci, Santiago Craig y Vicky Albortnoz. la música estará a cargo de Ramiro Allende.
Antes de salir a la cancha, Gramajo conversó con Lean Alba acerca de Los Malqueridos. También sobre las marcas como memoria, la esperanza que traen los libros y cómo impacta la preocupación acerca del futuro en su producción.
Lean Alba: En un contexto donde todo se vuelve cada vez más difícil sale tu nuevo libro: Los Malqueridos. Es un texto que encuentra su centro en lo que muchos reconocerían como márgenes. Al recorrer sus páginas existen numerosas referencias geográficas, históricas. Guiños que tienen la preocupación por contener a los lectores y no dejarlos afuera del sentido que construye el territorio. ¿Podemos decir que en tu escritura existe un fuerte vínculo entre la memoria barrial como construcción? ¿Es una preocupación o solo “aparece”?
Sergio Gramajo: Hay un vínculo necesario para lo que intento construir cuando escribo. Existen pequeñas épicas que tienen un significado para quienes han sido testigos de esas hazañas o desventuras. Entonces, el desafío está en hacer que aquellos que no han sido parte, o que simplemente están muy lejos del territorio en el cual se desata la aventura, no se queden afuera.
Esto no es una preocupación. No lo veo como tal. Creo que es más bien un rasgo de identidad, una necesidad. Es algo innato en el sentido de decir yo escribo así.
Dijo el escritor Leo Oyola que, en su barrio, donde los demás veían manchas de aceite él se figuraba un arcoíris. En tu poética existe esa doble lectura de determinados acontecimientos.¿Escribir es una forma de evadirse de esos espacios o de ponerlos en valor?
Ponerlos en valor, sin dudas. Escribir, en mi caso, es buscar lo bello. Es hacer deseable a un personaje determinado que, por ejemplo, toda su vida fue detestado. Que pueda recibir amor… O, por qué no, darle ternura a un rufián que tuvo que cargar con ciertos estigmas por los cuales siempre fue víctima de una marginalidad, más allá de los propios límites de lo marginal.
No escribo para darle belleza a esos personajes, sino para nombrar su belleza.
Pienso en algunos títulos de tus obras Veredas, Tiempo Marginal. Pervive el gesto descriptivo como si la poesía habitara en esos lugares. Algo similar sucede en Talón Rajado: la potencia de lo residual, podríamos decir. En el último caso, además, se trata de una marca del cuerpo. ¿Creés que las historias son también marcas en el cuerpo? ¿Marcas en el territorio?
La pregunta hace acordar a dos fotos contrapuestas de una misma persona. El tipo había peleado en la segunda guerra mundial. El epígrafe de la imagen decía: “…el rostro de un soldado tras cuatro años de guerra”.
La diferencia, el deterioro de la cara, en definitiva, son contundentes. Así que sí, pienso que las historias son marcas en el cuerpo. Y las historias de algunos personajes, a su vez, dejan una huella imborrable en algunos barrios.
¿Qué cicatrices tienen Los malqueridos? ¿Cómo impactan las tuyas en tus textos?
El estigma de ellos es ser señalados. Sucios, malos, feos. En definitiva, pobres. Pesa también la culpa, más allá de las vicisitudes. Más allá de los desamores o cualquier tragedia personal, cargan con esa mirada negativa por la que son señalados, estigmatizados.
Sobre mi escritura, creo que, en algún punto, la experiencia y las marcas son el motor.
Novela, poesía, relato, colaboraciones, publicaciones en revistas. Vas del realismo a la oscuridad para retomar lo luminoso pasando por el western matancero, ¿te considerás autor de un solo género?
Creo que hay algo que me importa en las cosas que escribo y que tiene que ver con la construcción mitológica de un lugar. Eso, para mí, no hace al género en sí.
Podría decir que hay una caja que contiene varias cosas. Esas cosas que contiene la caja, que es el territorio, son los distintos géneros que van apareciendo. La comicidad, lo romántico, lo trágico, lo terrorífico, la ciencia ficción. Lo oscuro, lo luminoso y hasta lo policial. Es un crisol. La literatura es una feria de sábado por la mañana en una calle sin asfaltar. Entonces, no importa tanto el género, aunque todo parece conducirnos hacia esa dirección. Por lo tanto, no me preocupa en absoluto.
Algo de ese ímpetu por contar, por mostrar, se refleja también en tu lugar de gestor cultural. Sos, junto a la autora Gilda Olle, autora de Cielo de Caballos (Ed. La Máquina Eterna), y un grupo de escritores, fundador del ciclo de lecturas Te caigo en cuero. También, con un grupo de asistentes del taller de Leo Oyola, llevás adelante en ciclo Que vuelvan los lentos. En ambos casos, no se trata de ciclos convencionales. Donde uno esperaría encontrarse únicamente con textos recitados, hay espectáculos, intervenciones. Hoy en día se han convertido en espacios de encuentro entre autores, consagrados y emergentes, con el público lector. ¿Cómo se ata en vos la escritura y estas propuestas colectivas?
En primer lugar, no me considero gestor cultural: soy un escritor al que le gusta leer en vivo e invitar a otrxs escritorxs a leer. Me gusta dedicarle tiempo a eso, a que un colega se sienta bien y quiera volver. Creo mucho en esa cofradía que se da entre autores que venimos de distintos lugares y realidades. Dios nos cría y los ciclos nos amontonan.
Más que con las propuestas, mi escritura está nutrida por la gente con la que llevamos adelante estos ciclos, con quienes comparto lo que escribo. Ahí trabajo mis textos porque, como dijo una gran escritora: nadie escribe solo.
¿El futuro te preocupa o te entusiasma?
El futuro me preocupa profundamente. Porque está todo roto, porque la crueldad avanza de manera despiadada y se lleva puesta cualquier cosa. Incluso las que no creíamos que podían ser atacadas. Porque no parece haber alternativas preocupadas y con posibilidades concretas de revertir este momento del mundo. Pero sobre todo me preocupa desde que tengo hijxs.
Por eso cada vez escribo más. Para que mis hijxs puedan encontrarme siempre, aunque yo ya no esté. Que me encuentren en las cosas que escribo. Que conozcan lo que no lleguen a conocer de mí. Que acaso encuentren en mi literatura las respuestas que no haya podido o sabido darles. No quiero que mis hijxs me olviden. Ojalá me lean.

Es actor, narrador, poeta y profesor de literatura.
Trabajó como ayudante de zapatero, limpiador de zanjas y patios, cortador de pasto, mandadero profesional, cargador de caca de gallina en camiones con doble acoplado, futbolista asalariado en campeonatos de la comunidad paraguaya de Laferrere, personal trainer, chef, repositor, niñero, asistente de dirección cinematográfica, profesor particular de latín y dibujo técnico, funcionario público, vendedor de hamburguesas vegetarianas, reparador de armas de fuego, ayudante de albañil, redactor de cartas de amor por encargo, consultor, cartonero, falsificador de documentos y portero de edificio, entre otras ocupaciones menos nobles.
Autor de las novelas Talón rajado y Los malqueridos; y de los libros de poesía El Oficio de los Monstruos, Tiempo Marginal, Veredas y Si fuera niño escribiría poesía.
