La memoria como la luz, como la sombra tal vez. Una lectura de Como el sol de febrero de Laura A. López
- Paz Solís Durigo

- hace 1 día
- 4 Min. de lectura
Paz Solís lee Como el sol de febrero, libro de poesías de Laura A. López publicado recientemente por la editorial peruana Kuntur en colaboración con Caburé. El libro puede conseguirse en la librería porteña de Caburé (México 620, San Telmo, C.A.B.A) o por su página web con envíos a todo el país: https://caburelibros.ar/product/como-el-sol-de-febrero/

¿Qué hacer con el tiempo cuando un diagnóstico avanza sobre el cuerpo de una persona amada? En Como el sol de febrero de Laura A. López, la voz poética articula el tiempo y la memoria como luz que se vuelve tenue y sombras que se extienden, como ese sol de febrero que no enceguece ni abrasa.
El libro abre con una canción que instala el eje de todo lo que vendrá:
"...When you leave all you take is your memories. / ...Cuando te vas todo lo que te llevas son tus recuerdos." (p.13).
Desde este epígrafe, la voz poética (la de la hija) acompaña el avance del Alzheimer del padre intentando “hacer cosas con el tiempo”: ralentizarlo, detenerlo, nombrarlo, mirarlo a la cara. Atesorar así lo que parece diluirse. Y en esta búsqueda, el tiempo se vuelve destiempo: un lugar donde la escritura se siente inestable y vital.
La enfermedad no aparece como un acontecimiento brusco, sino como una erosión: “olvida página a página / su vida” (p.14). Ese verso instala una imagen doble: la memoria no como archivo fijo, sino como libro que se deshoja; y la vida como texto que debe reconstruirse.
Hay un verso que atraviesa todo el libro y que condensa su tensión central: el tiempo como "la luz, la sombra tal vez" (p.44). Allí se cifra la ambigüedad que sostiene el poemario. La memoria no es pura claridad ni es pura oscuridad. Ilumina y, al mismo tiempo, proyecta zonas de pérdida. Permite ver, pero también evidencia lo que ya no está.
De todos modos, el poemario no se limita a registrar la pérdida. Lo que hace es interrogar ese espacio incierto que se abre cuando la vida continúa, pero cambia de forma: ¿qué hacer con el tiempo cuando se habita un entre? La vida del padre que sigue siendo vida —el cuerpo respira, camina, se sienta a la mesa—, pero en la que se desdibujan los rasgos que sostienen su identidad: los nombres, las fechas, la linealidad del relato propio. “La vida sin guion técnico” (p.15) condensa esa intemperie, esa zona intermedia donde cada gesto requiere atención renovada.
En ese territorio, la escritura funciona como práctica de acompañamiento. No ordena el caos ni recompone lo perdido; se mantiene cerca. “La vida rodeando a la muerte” (p.8) nombra con precisión ese movimiento. No hay una sustitución, sino una convivencia. La muerte no llega de golpe: es rodeada por lo cotidiano.

Y allí aparecen las escenas mínimas que rescata la voz poética, momentos íntimos que sostienen. La sincronización trabajosa de los pasos en una caminata compartida entre padre e hija: "Hoy trastabillamos. / A destiempo, sincronizar los pasos / es una decisión meditada" (P.14), el cine, el ritual de una taza de té. Hay gestos que el tiempo no borra (p.12). Hay palabras que, aunque a veces suenen como cáscaras, todavía permiten decir “estoy bien” o “estás bien”. Incluso hay un verso explícito para que la madre “guarde alegría en su corazón” (p.28), para que no la olvide. Esa línea introduce algo fundamental: la posibilidad de encontrar espacios de calma en medio del desgaste. No se trata de negar la enfermedad, sino de defender pequeñas zonas de luz dentro del proceso.
El libro construye así una arqueología del afecto: fotos, bibliotecas, raíces compartidas, recuerdos que se reorganizan. La memoria no es solo lo que se pierde; también es aquello que se trabaja activamente para sostener. Escribir se vuelve una forma de fijar lo que tiende a escurrirse, pero también de aceptar que no todo puede fijarse.
El cierre transforma la lectura completa. "Titiritea" —el último poema— no pertenece a la hija, sino al padre: un texto escrito antes del Alzheimer, antes de la erosión. Ese desplazamiento altera el eje del libro. Ya no estamos únicamente ante el esfuerzo de una hija por sostener lo que se deshace; aparece la memoria como legado, como herencia afectiva que precede a la enfermedad. El diálogo no es unilateral: estaba escrito desde antes y ensambla los recuerdos para sostener una historia —la de una hija y su padre, la de un padre y su hija—.
Como el sol de febrero trabaja la fragilidad sin caer en la solemnidad. Entre la luz y la sombra, el libro encuentra una ética de la presencia: acompañar, registrar, sostener, incluso cuando el tiempo se vuelve inestable. La memoria no aparece aquí como nostalgia paralizante, sino como un acto en movimiento. Como una forma de amor que insiste, aun en el entre.

Nació el 20 de julio de 1979. Es poeta, artista visual, fotógrafa y publicitaria. Publicó los libros y plaquettes: Marea ocular del deseo (2001), Para saltar sobre el abismo del mundo (2008), Parte de un mismo cuerpo (2008), Maremoto en la cuchara de madera y Novela (2010), Un boceto del paraíso (2016), Fin de semana largo (2020) y Para saltar sobre el abismo del mundo —edición digital aumentada— (2022). Fue colaboradora del Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires de 2008 a 2016.

Es música y escritora. También es licenciada y profesora en Letras e investigadora del concepto de Buen Vivir en la poesía guaraní indígena contemporánea. Codirige la revista digital La Lechiguana y conduce el programa de radio Segundo Plan (FM del Cerro, Yacanto, Córdoba).
Es autora del libro de canciones en guaraní y castellano Contra todos los males (Avagata, 2023), de la novela Guaranga (Caburé Libros, 2025) y de la novela infanto-juvenil Los gatos de la abuela Queché (Boris Ediciones, 2026).




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