¿Por qué no volver a intentar? Apuntes sobre Nada que esperar, de Sebastián Scolnik
- Lean Alba

- hace 2 días
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Lean Alba lee Nada que esperar, de Sebastián Scolnik, libro coeditado en 2021 por Tinta Limón, Lobo Suelto y Cordero Editor, que revisita las formas de militancia surgidas en los años noventa y recupera la potencia de la amistad política como respuesta frente al desconcierto de la época.

“Votá lo que puedas, construí lo que quieras. No hay nada que esperar”. La consigna apareció en forma de pintadas, de calcomanías, en baños públicos, trenes y colectivos durante lo que fue el golpe de gracia al peronismo (daño producido por eso que se conoce como menemismo en los noventa).
Sin lugar a dudas, el espíritu de esta invitación sobrevuela cada una de las páginas de Nada que esperar. Historia de una amistad política, de Sebastián Scolnik. El libro es un recorrido por aquella militancia que comprendió que la falta de coordenadas de la dirigencia era un gesto de funcionalidad y que el aletargamiento no podía ser una respuesta, porque tenía el mismo efecto que lo primero.
En medio de la debacle social producida por el presidente de peinado singular, aires de caudillo y remates a lo Corona, un grupo de amigos comprende (o sospecha) que la organización no puede mantener las rigideces que colaboraron con la debacle.
La praxis menemista, que llegó al poder prometiendo la revolución productiva, impuso su dogma: billetera mata cuadro político. Las “relaciones carnales” con la potencia imperialista norteamericana ubicaron esta perspectiva en lo más alto del cinismo, mancillando aún más el vínculo entre la acción y el discurso. Todo fue gesto: la Ferrari, el Turco a los besos con los Rolling Stones, las divas como piezas faranduleras del harén.
El texto de Scolnik da cuenta de una dimensión que nada tiene que ver con el palacio: relata la ciudad, el barrio. Narra el modo en que el territorio se reencuentra y la confluencia de sectores que intentan moverse en una coyuntura que, en ese entonces, había roto todos los manuales y los mapas.
Scolnik no se congela en la indignación ni se obnubila con el lujo de quien acumula porque roba para la corona. El camino de la amistad política que narra se desarrolla mientras las brújulas explotan. Es ahí donde el título adquiere un espesor fundamental: Nada que esperar. Ni de las viejas estructuras ni de la novedad oficial.
Los grupos de los cuales participó el autor, y que rememora en las páginas del libro, se mueven en una neblina donde lo nuevo aún no nació. Y comprenden (o sospechan), además, que pese a que todavía no aclaró, la urgencia impide desensillar.
El texto ofrece herramientas para el contexto actual: ¿se puede aguardar a que las “altas esferas” se pongan de acuerdo para alinear la acción popular?
La pregunta retorna: ¿qué hacer?
Si la inacción es sinónimo de funcionalidad, eso es motivo de otro —muy necesario— debate.
En la obra, el devenir hasta diciembre de 2001 imanta la atención y, de alguna forma, el libro es también un modo de relatar esa génesis. Esa insurrección camuflada como “desbande”, algo menor. Por el contrario —y como si se tratara de una posición aleccionadora— muchos medios mostraron como “enfrentamientos” aquellos sucesos, desplegando todo tipo de recursos literarios para evitar términos como represión, fusilamiento o hambre.
Incluso hoy, el foco suele estar en las consecuencias y en la postura moralizante. La potencia del “algo habrán hecho” aún sobrevuela.
¿Cómo contar esa efervescencia?
El libro ofrece una clave: la lectura como herramienta para descifrar la temperatura de un clima de época. Sí, la lectura.
La lectura como método de decodificación de esa linealidad que separa —y a la vez junta— los pedazos de la Historia, del presente y de las historias. Esta posición queda expresada desde las primeras páginas con una cita de Ricardo Piglia: “La verdad de un relato depende de los detalles circunstanciales que no parecen tener ninguna función”.
La afirmación nos ubica en una discusión que, actualmente, parece extinta de la esfera pública. Hoy los relatos proliferan camuflados como sobreinformación (si es que se trata de información en todos los casos). Lo que resulta evidente es que la observación crítica de los consumidores —también receptores— se aletarga ante la imposibilidad de procesar tal cantidad de estímulos.
La posición de Piglia permite hacer foco en el funcionamiento de la máquina narrativa. En el caso de Nada que esperar no se trataría solo de conseguir un efecto de realidad. Es decir, la cuestión no apunta únicamente a poner en valor el procedimiento. Lo que hace Scolnik es recuperar los lugares que no están iluminados en la película de la Historia.
Esta acción —como la de un detective que se mueve con pistas en el territorio— se abraza con la concepción del lector como decodificador, otro concepto trabajado por Piglia.
La cita funciona como un llamado de atención que rompe con la funcionalidad y propone detenerse en aquellos aspectos menos glorificados de la Historia. Es ahí donde el subtítulo del libro de Scolnik adquiere otro espesor: Historia de una amistad política.
Es decir, mientras la política oficial se vuelca con mayor fuerza al utilitarismo y al marketing, el autor le opone otro modo de vincularse con esa práctica.
La organización que cuenta Scolnik —hecha de restos— no obedece a las estructuras partidarias de los noventa. Se trata de una experiencia fundante y es por eso el énfasis en la amistad y la política.
Podría señalarse que, en la actualidad, hay todo un diccionario en el modo de ejercer la política que impide volver a congregar ambas expresiones. Por ejemplo: la rosca. El ventajeo de la mesa chica por sobre las posiciones resueltas de manera horizontal y colectiva.
A su vez, la amistad no se trata de un vínculo funcional. Incluso, a la luz de este presente, bien podría describirse como un vínculo anticapitalista. Un vínculo en el que fines como la especulación y la ganancia no encuentran lugar.
Naturalmente, me refiero a la amistad comprendida por fuera de los límites que ofrecen las redes virtuales.
El libro es también un devenir en sí mismo. Es el testimonio de una época materializado bajo una perspectiva que también propone en sus páginas.
Y es que, como no podía ser de otra manera, el texto de Scolnik es el resultado de una publicación conjunta entre Tinta Limón, Lobo Suelto y Cordero Editor.
Por todo esto, Nada que esperar es hoy un libro necesario. Urgente. Para retomar coordenadas, reponer continuidades y celebrar las rupturas que nos alejan de la inacción.

Supo ser sociólogo. Estudió en la mítica Facultad de Ciencias Sociales de los años noventa, en la calle Marcelo T. de Alvear 2230, en cuyos pasillos y bares se incubó un movimiento crítico que se manifestó en revistas, editoriales, cátedras libres y agrupaciones políticas. Fue parte del Colectivo Situaciones, una experiencia de investigación militante cuyo intento por acompañar productivamente nuevas formas del protagonismo social y colectivo dejó unos cuantos textos y enunciados. Participó de la creación de Tinta Limón, editorial que se propuso incluir un mapa de lecturas en Argentina, interrogando las siempre complejas relaciones con los enunciados teóricos de circulación universal; y también de la editorial de la Biblioteca Nacional, durante su época más luminosa, la gestión de Horacio González. Hoy continúa su trabajo de editor pensando en cómo toda esa experiencia se vuelve un archivo disponible para ser reelaborado por la curiosidad de futuras generaciones. Participó de varios libros colectivos y revistas. “Nada que esperar” es su primer libro solista, donde se recoge buena parte de estos trayectos a lo largo de treinta años para intentar balances necesarios e improbables hipótesis acerca de lo acontecido.

Oriundo de la República separatista de Haedo. Colaboró en distintos medios, como Cosecha Roja, Perfil, la revista Cordón y
. Se formó en medios alternativos, como la FM Fribuay y fue columnista en la radio de Las Madres AM 530, entre otras. Escribe ficción. Quiere escribir un cuento cuyo narrador está siempre apremiado por el tiempo. No encuentra cuándo.




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