¿Se puede encontrar una tercera posición entre el gordo Dan y Enrique Viale?
- Pablo Sessano

- 13 ago 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 14 ago 2025
En este contexto de crisis política, social y climática, Pablo Sessano retoma una inquietud de Pedro Rosemblat: ¿es posible una posición intermedia entre la extrema derecha ciega (el gordo Dan) y el ambientalismo nacional (Enrique Viale)? Y redobla la apuesta. Suma otras que incomodan (nos incomoda), pero La Lechiguana considera que es necesario darnos el debate: ¿pueden hoy las principales fuerzas políticas abordar este tema con la seriedad que merece?

Con esta pregunta, el comunicador y potencial candidato, nueva generación, a senador por el peronismo Pedro Rosemblat retomaba una vez más un debate que, en Argentina, se remonta a las luchas antinucleares de los años 80. Ese debate creció en proporción directa al crecimiento del ambientalismo y a la sensibilización de algunas minorías respecto al uso de los llamados recursos naturales, y adquiere visibilidad mediática cada vez que se revela un avance de intereses extractivistas, sea promovido por el desarrollismo Nac&Pop o por el neoliberalismo, pues responde a una misma lógica: priorizar los fines sin reparar en medios, ni métodos. La diferencia sustancial entre ambas corrientes reside en el destino de la riqueza obtenida —distributiva en el primer caso, concentradora en el segundo—, distinción nada menor y que explica por qué buena parte del ambientalismo termina votando al peronismo. Sin embargo, en lo productivo, esa es prácticamente la única diferencia.
Por eso, cuando por enésima vez se agita la bandera de una supuesta tercera posición, como de algún modo ha hecho Rosemblat, la pregunta del título resulta pertinente. Si alguna vez existió esa opción en términos ambientales, su última oportunidad fue en 1972, cuando coincidieron la Cumbre de Estocolmo sobre el Medio Humano, la publicación del Informe Los límites del crecimiento y, en Argentina, la advertencia que Perón recogió en su Carta a los pueblos y gobiernos del mundo. Que haya sido posible en términos políticos es otra discusión.
Cabe pensar que, si Perón hubiese vivido más tiempo, su proyecto —o ilusión— tercerizador habría chocado inevitablemente con la crisis ambiental. El peronismo nunca dejó de ser una manifestación particular del capitalismo, y este tiene límites infranqueables en la finitud del sistema Tierra. La lucidez de Perón no fue igualada, y menos aún superada la impronta productivista y desarrollista del peronismo, un componente de su identidad que hoy exige replanteamiento.
En la actualidad, las posiciones se han extremado y las redes sociales —aunque siempre de forma distorsionada— amplifican el debate. Del lado ambientalista, la alarma crece ante la profundización del colapso ecosocial, cuyo síntoma más global es el cambio climático, expresión que engloba un complejo de fenómenos provocados por una parte de la humanidad. Las evidencias están ahí, pero lo esencial sigue siendo invisible a los ojos y a la conciencia, sobre todo cuando ambas son tan profundamente manipuladas. Del otro lado, el neoliberalismo y sus expresiones extremas aceleran la devastación con la sensación de que esta es su última oportunidad, pero sin importarle que, aun ganando, solo logren reinar sobre las ruinas, lo cual revela al verdadero sujeto de la barbarie.

Pero el debate ya ha superado, con creces, el marco del imaginario tradicional en el que seguía dándose. Pues contra el mito, nunca revisado con prudencia por el progresismo nacional, de que habitamos un país naturalmente rico e inagotable, capaz de alimentar al mundo, con suelos indestructibles y agua de sobra; la evidencia científica, estadística y testimonial muestra lo contrario. De los nueve indicadores que el CIAM/SINIA de la Secretaría de Ambiente de la Nación utiliza para evaluar el estado ambiental del país —agua, suelo, biodiversidad, bosques, áreas protegidas, educación y participación, sustancias y residuos, riesgo e impacto climático— no hay ninguno que muestre mejoras. Tampoco en el omitido pero crítico tema de las urbanizaciones. La situación, lejos de mejorar, se ha agravado, y mucho más desde el retroceso impuesto por el actual gobierno (ver Informe ambiental 2025 de FARN y Primer informe sobre regresiones ambientales en Argentina, AAdeAA-CAJE).
Es decir, en términos ambientales, la posibilidad de una tercera posición está agotada, porque la naturaleza misma del capitalismo lo hace imposible. Solo una transición planificada hacia un postcapitalismo podría minimizar el colapso ecosocial en curso. Como supo decir Jorge Riechmann, puedes tener capitalismo o sustentabilidad, pero no ambas cosas.
El desafío político radica en dar credibilidad al diagnóstico colapsista, convirtiéndolo en debate público; hacer verosímil para las mayorías la idea de un postcapitalismo y diseñar la transición hacia él. Ello implica instalar cinco ideas estratégicas: que no es materialmente posible el crecimiento infinito en un planeta finito; que la tecnología no nos salvará; que la humanidad no puede sobrevivir en soledad; que el capitalismo es la causa del colapso; y que, por tanto, es indispensable cambiar nuestro modo de vida hacia uno más austero, solidario y colaborativo. Más que soluciones técnicas y económicas —que también son necesarias—, se requiere un profundo cambio cultural.
Es difícil creer que el peronismo, en un eventual resurgir, asuma estas ideas. El costo político de hacerlo siempre ha sido un obstáculo, y es probable que, en busca de revitalización, vuelva a prometer el mismo desarrollo capitalista que las derechas niegan al pueblo. A menos que, como decíamos, la tercera posición se resignifique, de la mano de generaciones jóvenes, como transición hacia un postcapitalismo, algo poco probable.
Resulta más lógico pensar en la emergencia de un movimiento socioambiental que asuma el papel estratégico de reorientar el rumbo, incluso interpelando al peronismo desde adentro ¿Podrá ese espacio —que Rosemblat sintetiza en la figura de Enrique Viale— dar el paso tan postergado? Aún está por verse. En cualquier caso, la agenda de una mejora sostenible es, inevitablemente, una agenda ecopolítica.

Dice ser ecologista, educador ambiental, permacultor y ceramista: saberes confluyentes sin academia que fueron tejiéndose durante décadas entre arraigos y desarraigos pero a partir de una preocupación temprana y esencial: valorar todo lo existente, recuperar la sencillez de la vida y del conocimiento. Saberes “legitimados” también hay: Especialista en Gestión Ambiental Metropolitana, Eco auditorías, y Políticas Públicas Ambientales. Investigador independiente, docente universitario, responsable de programas educativos institucionales, empleado publico y articulista “random”. Una humilde urdimbre de experiencias que toca poner mas que nunca, al servicio de descolonializar nuestra existencia, reecologizar la vida, subvertir el orden instituido.






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