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"Martes de la segunda parte": un adelanto la novela Una flor que allá no existe de Tomás Schuliaquer

  • Foto del escritor: Tomás Schuliaquer
    Tomás Schuliaquer
  • 14 ago 2025
  • 8 Min. de lectura

La Lechiguana te adelanta un fragmento de la novela Una flor que allá no existe de Tomás Schuliaquer, recientemente reeditada por la editorial Ají y actualmente en pre-venta. El libro puede adquirirse a través de este link: https://www.ajiediciones.com/una-flor-que-alla-no-existe?fbclid=PAZXh0bgNhZW0CMTEAAafWloP5E8Aj_Qz-27q8h4PigdyZ2tq0CXd_HtZFvAMPwvV7h03_PGm-4HIwTw_aem_7eSd1chAsCmVChn6vJageQ



César toma un trago de birra y se saca la campera. Pregunta si el bar estará abierto mucho más y yo le digo no sé, nunca vine. Él cuenta que siempre viene antes de cenar, para el happy hour, es la primera vez que viene después. Le digo que yo igual en un toque me voy a dormir y me dice que no, vamos, que habló con Mick y con Marco, están viniendo. Me agacho, como para atarme los cordones, y por debajo de la mesa le miro los pies a César, pero no llego a verle las medias. Cuando vuelvo a sentarme como antes, César insiste que me quede. Llegan y me voy, digo, la verdad estoy cansado. Me pregunta de qué, y le digo que estudié toda la tarde, que aparte el frío me da sueño. Frío es otra cosa, dice, y yo le digo que para él que está lleno de medias. Me dice qué, y le digo que no importa. Insiste en que le diga y yo le cuento que en Buenos Aires nunca hace mucho frío. Él me dice que en Maracaibo se muere de calor, que es al revés, que como nunca tuvo frío, ahora que de verdad lo siente, lo quiere aprovechar. Pienso que a mí también me encantaría aprovechar el frío pero me faltan mis medias. Quiero tomar vodka por la pajita, sin ayuda de las manos, y se me escapa. Trato de agarrarla con la boca y me imagino que soy un pacman. César se ríe y dice que parezco un pez, que tome como hombre, del vaso. A mí me gusta así, le digo, y ahora con las manos me acerco la pajita y absorbo pero el líquido no pasa. Entonces veo que el plástico azul de la punta está pegado y con el dedo índice y el pulgar aprieto los costados para separarlo, no puedo. Me pongo nervioso y siento un escalofrío en los pies, me acuerdo que cuando juntábamos figuritas con Gero, y también con Marian y Pochi, siempre tardaba más que ellos en despegarlas, y no les pedía ayuda hasta que no me aguantaba, porque me parecía que nunca lo iba a poder hacer. Le digo a César que esa pajita es una mierda, él se ríe, abre mucho la boca. Él es el pacman y yo soy su comida. Después dice que ellos le llaman sorbete, me señala y dice que sin las manos, que a él le gusta sin las manos, y mueve la cabeza hacia arriba y abajo exagerado, después hace un ruido como si se atragantara con algo, y dice que más que un pez parezco un lame vergas. Saco la pajita y la dejo en la mesa. Vacío el vaso y él me aplaude. Así, como hombre, dice.


Organizaron un partido contra los de Sociales, me cuenta César, y me pregunta si no me quiero sumar. No creo, le digo. Dale, sumate, dice, el día ese que jugaste eras bueno. Con la mano hago un gesto para restarle importancia, digo que el sábado no puedo. César se lamenta y después me asusta porque mete como un grito y dice cierto, viene tu amigo. Asiento. Me tocan el hombro y huelo a Mick. Qué olor hermano, le digo y chocamos la palma dos veces. Me dice hoy fue pancho y nos reímos. Marco me da la mano, siempre serio, y cuando me agarra fuerte pienso en mi viejo y una reunión en casa. Nunca había pensado en eso, de repente me viene la imagen de él con sus amigos, en nuestro living, mi papá me daba la mano y me decía que tenía electricidad y temblaba electrocutado hasta caerse del sillón. Todos nos reíamos. Hey Peter, y ahora vuelvo a escuchar esa forma de llamarme que es tan distinta a la de allá y pienso que también se debería escribir distinto, porque acá la te se pronuncia como si tuviera una hache después y la e y la erre como si fueran una a. Sacamos algo para tomar, preguntan. Yo digo que no y Mick me dice dale, que van a hacer unos shots, vienen las pibas. Quiénes. Las canadienses y la polaca, ahora llegan. Esto no cierra ya, pregunto. Ellos dicen que no, hasta las doce seguro sigue. Llegan cuatro vasos y Mick dice que haga un shot. Le digo que no. Después me toca y me grita que tome, y levanta los brazos al aire con los dos shots. Me paro y camino lejos de la mesa.


El lugar está oscuro y hay música electrónica. Me imagino en un boliche y busco la salida, me falta el aire. Empujo la puerta y salgo. Respiro profundo. Viene Mick y me dice qué pasa, por qué corro. Le digo que nada hermano y veo que ahora tiene una pinta en la mano y toma un trago y me ofrece, se ríe. Yo también me río porque sé que ahora me va a decir, y lo dice, que perdón por ofrecerme de su vaso, que se había olvidado que huele a riachuelo, y le cuesta decirlo y no puedo evitar volver a reírme porque se nota que se esfuerza mucho pero igual lo dice mal y suena más a algo así como miabuelo, pero también mal pronunciado. Saca un pucho y me ofrece. Acepto, él me da un encendedor negro grande que, a diferencia de los de allá, en la bolilla que hay que girar para prenderlo tiene una parte metálica lisa y suave, no raspa. Mick me pregunta si extraño, yo sonrío. Me dice que de verdad, que también puede hablar en serio, que él se acostumbró a estar lejos pero a veces extraña. Yo no extraño Argentina, le digo. Extrañas a alguien o algo, pregunta, y yo le doy otra seca larga al pucho y lo tiro. Voy al baño, le digo, y él se queda afuera, fuma.


Tomás Schuliaquer
Tomás Schuliaquer

El espejo del baño está sucio, tiene una de las esquinas de abajo negra, como si hubiera sido consumida por la humedad o las polillas. La parte derecha de mi pecho no se refleja porque está la mancha que tapa el espejo, que lo come, y pienso en una hoja que se quema en la punta y se consume de a poco, mi cara está dibujada en esa hoja, siento un calor insoportable. La herida del brazo late, me arremango, le pongo agua y jabón y seco con papel higiénico, con mucho cuidado para que el papel no se pegue a la herida, y salgo. En la mesa están Mick, César, Marco, las dos canadienses y la chica a la que antes le pregunté por el frisbee. Saludo parado, con una mano que después apoyo en el respaldo de la silla donde estaba. Agarro la campera y digo que me voy. Todos dicen no y justo llegan otros shots. César dice que me quede y Mick me dice igual. Las chicas no dicen nada, la del frisbee me mira fijo. Los shots son seis y cada uno agarra el suyo. La del frisbee dice que falta uno y Mick aclara que yo no tomo. Me pongo la campera y Mick me dice al oído, con todo el olor del pancho, que me quede un rato, quizás la pasamos bien y me olvido un poco. Vuelvo a dejar la campera y me siento. Ellos levantan los vasitos, gritan, hacen fondo blanco.


Ahora la música suena más fuerte y me cuesta escuchar lo que hablan. Una de las canadienses tiene unos aritos de metal gigantes, le llegan al hombro, y aunque la música me aturde, me parece que cada vez que habla y se mueve hace un ruido igual al de un montoncito de monedas. La otra canadiense es más tímida, tiene una polera blanca y es colorada. César se para y estira una mano y grita en su inglés, que para mí es el más difícil de entender de todos, que tiene un juego increíble para tomar. La del frisbee, que abajo de su camperita de cuero negro tiene una camisa cuadriculada cerrada hasta el último botón, pregunta cómo es. César pide que confiemos en él y se va a la barra. Marco está callado y ahora habla Mick. Cuenta que el fin de semana pasado vino un tío suyo que vive en Marruecos y que se fueron a un pueblo, al otro lado de la capital, que está lleno de leones. Dice que estaban arriba de un jeep y ahí ya dejo de entender su inglés y me miro la mano, que se ilumina de rosa, violeta, azul y blanco, al ritmo de la música que ahora suena más tranquila, ya no es electrónica, algo más tipo rock y me parece que el tema lo conozco, pero no sé cuál es. Vos tampoco lo entendés, me pregunta la del frisbee. Sonrío. Habla rápido, me dice ella, que ahora está al lado mío porque ocupó el lugar de César. Muy. Me dice que habla demasiado cerrado, que siempre le pasa lo mismo, arranca la historia y le pierde el hilo, entendió hasta lo del perro que estaba en la esquina. La miro y tiene ojos claros, y aunque las luces no me dejan ver bien, me parece que tiene muchas pecas. Le pregunto si sabe cuál es el tema y me dice qué. Si sabe qué es esta música. Dice que no, y llega César, que sin decir nada se sienta en el lugar que la del frisbee dejó libre. Me suena conocido, le digo, y ella acerca su cara, como si en vez de tratar de escuchar la música quisiera escucharme a mí.


Llega el mozo con siete pintas y las pone en la mesa. César se para y pide atención. Dice que así es el juego, primero hacemos una ronda de nombres y a partir de ahí, la idea es señalar a uno pero decir el nombre de otro. El que es nombrado tiene que señalar a otro diciendo un nombre. El objetivo del juego es evitar las confusiones entre nombrado y señalado. Si te señalan pero no te nombran, y te hacés cargo del turno y nombrás, perdés y tenés que tomar. Si te nombran y no te das cuenta, confundido porque no te señalaron, perdés y tenés que tomar. La de los aritos gigantes dice que no parece difícil y César dice probemos. Hagamos una ronda de nombres, dice. César, Keira, Emma, Marco, Katarzina, Peter, Mick. César me señala. Yo señalo a la de los aritos y digo Mick, pero César dice que perdí porque él había nombrado a Emma, y pienso que es mentiroso hasta en los juegos. César dice que era prueba, ahora vamos en serio. Entonces señala a Mick y dice Keira. Keira mueve las manos en el aire como si se ahogara y señala a César, pero dice, muy rápido, Emma. Entonces Emma, también nerviosa, me señala a mí pero no dice nada y todos se ríen, y tiene que tomar. César dice que ahora le toca a arrancar a ella. Emma señala a Mick y dice Katarzina. Veo el perfil de Katarzina, parece relajada y divertida, señala a Marco aunque dice Peter. Yo tardo en reaccionar, señalo a César y digo medias, en español, y nadie entiende, y se ríen. Tomo un trago y Katarzina me toca el brazo, me acaricia la herida, y me dice que es mi turno. Ya sacó su mano pero todavía la siento, como si me hubiera dejado apoyada una bolsa de calor. Digo Mick y señalo a la de los aritos gigantes, que no me señala y nombra a otro, se me queda mirando y sonríe, le mantengo la sonrisa, porque ella cree que sabe lo que pienso pero no puede tener ni la más puta idea de lo que me pasa, y entonces la nombran pero ella no escucha y pierde, y se ríe y toma un trago de la pinta, y por mirarme no se da cuenta de que el arito de su oreja derecha se mete en el vaso y le ensucia la cerveza.



La novela se presentará en la La Biblio Florentino Ameghino (Juan B. Justo 42, Venado Tuerto) el sábado 30 de agosto a las 19 hs.



Tomas Schuliaquer
Tomas Schuliaquer

Nació en la Ciudad de Buenos Aires. Es licenciado en Letras, militante de JJ Circuito Cultural, integrante de la Biblioteca Mañana de Sol y trabajador de la Biblioteca Nacional. Una flor que allá no existe fue finalista en la Bienal de Arte Joven y su primera edición, agotada, salió originalmente en la Editorial Caterva en 2019. Este 2025 es reeditada por Ají, una gran editorial de Venado Tuerto. Su segunda novela es Familia, etc (Promesa, 2022).


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